PROYECCIÓN: Jueves 17 de Julio a las 20:00. Entrada libre.

Dirigida por Roman Polanski, basada en la obra teatral de Ariel Dorfman. La historia transcurre en un país que acaba de salir de una dictadura represiva, donde una mujer, víctima de torturas durante el régimen, confronta a un hombre que sospecha fue su agresor.
La Muerte y la Doncella es una exploración profunda sobre la memoria histórica, la justicia y la búsqueda de verdad en sociedades que han vivido dictaduras o regímenes autoritarios. La película pone en evidencia las heridas que deja la represión política y cómo estas marcan la vida de las víctimas mucho después del fin del régimen.
La obra denuncia la impunidad y la dificultad para alcanzar una justicia plena en contextos donde el poder militar y político han cometido crímenes sistemáticos. A través del enfrentamiento entre la víctima y el presunto torturador, la película cuestiona los límites de la justicia: ¿es suficiente el juicio formal o se necesita una justicia más directa y humana? Esto invita a reflexionar sobre la importancia de los procesos de verdad y reconciliación, que permitan reparar a las víctimas y evitar la repetición de abusos.
La película resalta la importancia del empoderamiento de las víctimas, especialmente de las mujeres, y pone el foco en la violencia de género ejercida como método de represión política. El relato humaniza a la mujer que busca justicia, mostrando su dolor, coraje y resistencia frente a un sistema que muchas veces invisibiliza su sufrimiento.
Finalmente, La Muerte y la Doncella plantea la necesidad de construir sociedades que confronten su pasado autoritario con valentía, asegurando que la justicia y los derechos humanos sean pilares fundamentales para un futuro democrático e igualitario.
No obstante, es importante mencionar que el director Roman Polanski ha sido acusado y condenado por delitos sexuales, incluida la violación de una menor en 1977, así como otras denuncias posteriores. Desde una postura ética, este hecho obliga a reflexionar críticamente sobre la separación —o no— entre la obra y su autor, y a cuestionar cómo se relacionan el poder, el arte y la impunidad. Reconocer el valor de una obra no debe implicar silenciar o minimizar las violencias cometidas por quienes las crean, especialmente cuando esas violencias reproducen las mismas dinámicas de dominación que las películas, en teoría, buscan denunciar.

Danos tu opinión